Las tardes muertas

IMG_0053Lleva cuarenta años en casa. No sé de dónde habría salido antes de ir a parar al fenomenal batiburrillo de un chamarilero de la ciudad vieja donde la compré un anochecer más desangelado que otros, pero no mucho más. Me veo en aquella época ejerciendo una profesión para la que dudo mucho que sirviera, merodeando por la ciudad vieja, tomando café de atardecida con dos chamarileros en un bar que era de carlistas profesionales y hoy es de marginales alcoholizados, escuchando historias inverosímiles de  paracaidistas de la guerra de Ifni, de ruinas y de arruinadores profesionales que lo mismo estaban en el patio de Carbanchel que en las  salas de un arzobispado compraventeando con obras de arte o esquilmando herencias. Y todo para contar que me encontraba por completo perdido y que esos objetos y otros que malvendí pero que recuerdo y pongo a la venta en un comercio imaginario, me devuelve a aquella época turbia, turbulenta, de extravío personal. Leía a Nabokov y a Mac Orlan, a Cunqueiro y a Álvarez (José María), a    Stevenson y a Proust, a Gil de Biedma y a Ferrater… Pasó por allí Francisco Brines, leyó mis primeros versos y me dijo: «Sal de ti mismo, sal de Pamplona». Le hice un caso relativo. Hice lo que puede, sonámbulo, a trancas y barrancas siempre, hasta ahora mismo me temo. Las cosas me acompañaron durante años hasta que ha llegado el momento de mirarlas con incredulidad como raros espejos.

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