M. I. Colegio de Abogados de Pamplona

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Imagino que es el troquel del primitivo sello de impresión del M. I. Colegio de Abogados de Pamplona, con la imagen de su patrona, María Inmaculada, grabada por José Yturralde. Es del año 1818, el mismo que las Cortes del Reino de Navarra aprobaron su constitución y primeros reglamentos. Lo encontré de manera rocambolesca en el mes de noviembre o diciembre de 1973, en los sótanos de un edificio en cuyos bajos se estaba reformando un concesionario de Michelin –recuerdo la ferocidad con la que destrozaron el friso de muñecos danzantes- para la sucursal de un banco que dirigió con provecho propio un bancario rencoroso y maleante que se hizo rico con el manejo de dinero negro y los préstamos usurarios: ese mundo de las trastiendas de la banca que apenas conocemos. Así las cosas, en el derribo de los sótanos aparecieron cosas abandonadas. Que recuerde,  encontré material de encuadernación, galones americanos de bebida, unos paisajitos  del XIX muy estropeados por la humedad y unos cuantos libros antiguos del Arma de Caballería e Instrucción de Equitación, que se quedó por la brava el gerente de la empresa de construcción para la que yo trabajaba, un chuleta de caricatura, experto en cobrar comisiones bajo manga a los gremios. Encontré ese troquel metido en una caja de madera tan podrida por el agua que inundaba los sótanos, que se me deshizo entre los dedos.  Para mí es un «tirador de la memoria» de aquella época para mi incierta  y no del colegio profesional en el que me inscribí unos cuantos meses después,  previa visita al Decano (Ordenanza 15ª de la Ley de 1818) que con el colmillo retorcido me hizo unos comentarios de falso sarcasmo sobre mi familia de una descortesía asombrosa.   Comecé a ejercer en septiembre de 1975, previo paso por un taller de restauración de obras de arte dirigido por un majareta, tal y como figura en Las pirañas. Lo que vino a continuación de mi jura como abogado y ejercicio profesional no sé si olvidarlo o dejarlo crecer… Un día colgué la toga que no debería haber vestido nunca y se acabó la función.

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Al preceptivo festejo cuchipandesco-religioso de la ley 1ª, solo asistí una vez, no a la iglesia, sino al banquete. Para entonces ya estaba liquidando los pleitos que me quedaban en apelación. Fue un día muy largo de muchos tragos, falsas amistades y más falsos compadreos, abrazos de judas y besos como navajazos, felices ochenta, ay,  tan farloperos ellos… Las pirañas de nuevo.

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