Viaje alrededor de mi cuarto

Mejor título que contenido, y muy alabado el autor por los neo-cons españoles más reaccionarios. Le gustaba mucho a Alberto Clavería, el Astrónomo, amigo entrañable desde la infancia, desde los lejanos veranos de San Sebastián,  y la barca que alquilamos en el puerto y que de pocas nos hunden, a sirenazos, el pavor, la vía del Topo, sus enramadas  y las monedas en los rieles,  las exploraciones por los desmontes de Amara, las calles de la ciudad vieja… Los libros vinieron más tarde, cuando su familia se trasladó a vivir a Pamplona, y luego él desapareció y se fue a Barcelona, pero volvió para hacer el servicio militar y le dejé mi casa unos meses de verano. Se había convertido en un extraño erudito. Luego vinieron las andadas de la ciudad vieja, sus viajes y las colecciones de picaportes y las visitas a su casa de Barcelona, mi primera y única colaboración en Camp de l’arpa, sobe Patrick Modiano, que él propició, la edición de Pórtico de la fuga con aquel desvergonzado de Víctor Pozanco, la revista Pasajes, de cuyo número dedicado a Perucho se encargó, la edición de Las pirañas… Su fallecimiento en Barcelona, el 3 de diciemebre de 2012,  me dejó anonadado. Ni siquiera pude ir a su entierro porque aquel día y aquella hora, debía acudir a una citación judicial  de un asunto feo. Años turbios los míos, que no parecen tener fin. En busca de una tregua escribo la crónica de este viaje de las cosas, los libros y la memoria.

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La novela desordenada

Gonzague Saint-Bris fue un personaje curioso, entre la erudición y la crónica del beau monde, y autor de alguna novela valiosa.  Falleció en agosto de 2017 en un accidente de automóvil. Novela desorndenada, entre el ensayo, el libro memorialístico, la narración… la he empezado varias veces y otars tantas la he abondado por falta de verdaderas ganas y de un editor ad hoc.DP6mQ-TWsAAtKTx.jpg_large

Esta colección de ensayos la compré en una librería de la calle del León semiesquina Huertas que ya no existe. Un saldo, uno de aquellos días gloriosos de invierno madrileño de los ochenta cuando todo parecía posible, las andadas, los libreros, los tabernones asturianos, los pintores y sus estudios, los poetas… unos días felices que dieron en el más radical de los esquinamientos. «Ya nunca nos separamos», escribió Mercedes Monmany. Mentira, una de las suyas. No es cierto, ni nos saludamos siquiera, y a esta edad de nuestra vida, eso no tiene remedio. Esa es la verdad.

Deriva de los pasajes

Las galerías cubiertas, poco o nada frecuentadas por el turista, fueron los escenarios de aquellos paseantes que Baudelaire llamó hombres de las multitudes. Hoy siguen siendo rincones de la errancia que nunca aparecen en las
guías al uso. Después de años de abandono y olvido, los pasajes de París son uno de los mejores escenarios de la errancia poco a nada convencional. Pocas cosas para quien ama echarse a la calle de las ciudades como ir de uno a otro de estos pasajes, antepasados de las galerías comerciales, y atravesar su balzaquiano vientre sin salir apenas a la calle, como no sea para cruzar un boulevard, una callejuela curiosa, atraído de una vitrina a otra, de un neón a otro, enfrascado en la feria de las vanidades del tiempo, en la feria a secas, y a la vez en la vida cotidiana de la ciudad.

Los pasajes de los distritos uno, dos y nueve interesaron a Walter Benjamin esa era la obra que llevaba consigo cuando murió en Port Bou, a Louis Aragon, que hizo del desaparecido Pasaje de la Opera el escenario de su Paysan de Paris, a Soupault, el poeta surrealista que vio en ellos criaturas extrañas, a Zola, a Breton, a Léon-Paul Fargue… fantasmas literarios, sombras del presente.

Los primeros pasajes se construyen en las postrimerías del siglo XVIII, pero su auge de bazar y de escenario de la vida elegante es plenamente decimonónico, napoleónico, burgués. En su construcción se mezclan desde avatares históricos como la conquista de Egipto , hasta las andanzas de especuladores, banqueros y oportunistas varios.

Las compras y las ventas sucesivas de solares y casas de vecindad hacen pensar enseguida en las novelas de Balzac y de Zola. Pasajes Vero-Dodat, Vivienne, Choisseul, Panoramas, del Cairo, Brady, Jouffroy, Verdeau, Prado…

Los ambientes son muy diferentes; unos más frecuentados y menos equívocos que otros el del Havre, por ejemplo, junto a la Gare Saint Lazare, es un pulguero de peatones , unos más literarios, más frívolos que otros, y hasta, si se quiere, más espesos. Pero escenarios todos de ese peatón de la ciudad que va a la deriva y sueña de pie.

Miles de espejos
Suelos de losas de granito o de mosaico racionalista, techos de vidrio, estructuras metálicas, antiguas enseñas de comercios, emblemas de la abundancia (Mercurio y Venus y hasta Saturno), relojes de grandes dimensiones para un tiempo sin tiempo, en su interior resuenan los pasos de los paseantes como si los pasajes fueran caracolas. Siempre entre la penumbra y la claridad de los faroles y neones que se multiplican en los espejos, los pasajes tienen algo de laberinto y otro poco de barraca de feria, de reliquia de un tiempo pasado y de un tiempo más lento que está, a pesar de todo, en éste.

Desde sus comienzos, los comercios y locales que abrían sus puertas y vitrinas fueron emblemas del ocio, de lauriosidad insólita: teatros, perfumerías, sastres y modistas de lujo, coleccionismos varios juguetes, mariposas, bastones, minerales, trenes, miniaturas, monedas, muñecas, filatelia: en todos los pasajes hay comercios especializados, librerías de viejo y de menos viejo, grabados y estampas, fotografías, objetos de arte, curiosidades de esas que venían de más allá del Canal de Suez y traían con ellas el aroma de la aventura, pipas de espuma de mar, algún que otro café antiguo, como el que se abre en una esquina de la magnífica galería Vero-Dodat, la de los luthiers, las muñecas y las boutiques caras, cinematografía, comics, pastelerías… Todos ellos fueron, y en buen aparte siguen siendo, reputados escenarios del ensueño. En ellos se abren hoy modernas agencias de viajes, pero antes, hasta hace nada, se abrieron academias de magia, adivinadoras del porvenir, naturalistas, pacotilleros varios, especuladores de lo inverosímil y cafetines de conspiradores literarios.

Hay comercios, como el de Stern en Panoramas, especializado tanto en papel timbrado como en árboles genealógicos, que permanece intocado desde 1843, o la librería Petit-Siroux del pasaje Vivienne; otros acaban de abrirse, como ese anticuario estupendo de Les Petits-Prix del Pasaje Verdeau, pero todos tienen su escaparate y su paseante detenido frente a él. Un recorrido ideal puede empezar en las arcadas del Palais Royal, en cuyo fondo se abren dos pasajes minúsculos que enlazan enseguida con el pasaje Vivienne, frente a la Biblioteca Nacional, donde se encuentra la casa que le sirvió de guarida a aquel gendarme ladrón conocido en el mundo de los papeles literarios por el nombre de Vidocq.

También anduvo por ahí Julio Cortázar, con su Perseguidor y, por supuesto, un conde de Lautréamont que escribiría sus Cantos de Maldoror antes de hacerse humo. Hoy abren sus puertas el modisto Gaultier, la librería Petit-Siroux, que por sí sola vale el paseo, y uno de los mejores salones de té del barrio.

De ahí al Pasaje de los Panoramas, donde está el Bar des Variétés, un local de los que quedan muy pocos, donde beber un blanco (Sauvignon) o unos tintos de cosechero y almorzar un menú siempre suculento y en invierno contundente,
ofrecidos a la tiza en la pizarra.

Es un escenario para las formidables andadas de aquel magnífico Antoine Blondin, que tuvo gran la fortuna de acuñar la expresión «El humor vagabundo», que es el que mejor conviene a la deriva de los pasajes, y para las de Robert Doisneau que, cómo no, inventó los pasajes con su fotografía.

Con éste rivaliza el salón de té de Las Caravanas, hoy L Arbre à canelle, donde se vendían japoneserías, especias, curiosidades de oriente, cosas raras té de caravana , o la Trattoria Toscana, frecuentada por Audiberti y todos sus
amigos.

Una de las puertas del Teatro de las Variedades se abre sobre una de las galerías del pasaje, pero sólo otro bar-restaurante, le Croquenot, de Eric Zimmerman, recuerda el tiempo de las canciones de Les frères Jacques, y lo hace
cada día con canciones y guitarra y poemas de Brel y Brassens.

De aquí al de las Variedades y uno detrás de otro, el Jouffroy y el Verdeau.

En el Jouffroy, donde vivió Rossini, abre sus puertas de barraca de feria antigua al museo Grévin, la librería Paul Vaulin y enfrente una especializada en cine de tan buenos fondos como malas pulgas. A continuación está el Pasaje
Verdeau que, por su proximidad con la sala de subastas Drouot, es un hormiguero de coleccionistas y chamarileros.

Las novelas de Céline
Camino del Pasaje del Havre y del Passage des Princes
los últimos reconstruidos con auténtico mimo , otro pasaje magnífico, el Choisseul. L.F. Céline, que vivió en él, lo rebautizó con el nombre de Pasaje de Beresinas en dos de sus novelas, Viaje al final de la noche y Muerte a crédito: el pasaje como una provincia donde la gente murmuraba y se espiaba hasta el delirio, iluminado por mecheros de gas que daban a los paseantes unos tintes lívidos como si fueran máscaras de Ensor.

Ahí abre sus puertas laterales el Teatro de las Bouffes-Parisiens, ahí estuvo el librero editor de los poetas parnasianos, Lemerre, ahí se cocieron los hígados familiares de la familia Destouches, de la que salió barbotando como un poseso L.F. Céline, ahí abren hoy sus puertas papelerías y jugueterías donde encontrar lo inencontrable, y Lavrut para los colores.

Esta deriva moderadamente frívola tiene otra cara. Si el viajero regresa sobre sus pasos y se dirige hacia el este del distrito, desde el Sentier (magníficamente desentrañado por Juan Goytisolo) hasta el boulevard Sébastopol, encontrará los pasajes del Cairo (dedicado sobre todo al comercio mayorista de ropa), del Gran Ciervo, del Prado y Brady, muy populosos estos dos últimos, abigarrados de todo tipo de comercios y negocios más o menos exóticos, de
colores y de voces.

Oriente en París, dicen unos, espejo de una ciudad decididamente multiétnica, muy viva, dicen otros, en los que flota un intenso olor de especias y hierbas aromáticas, de ginseng, de jenjibre, de currys, que sale de las cocinas de los restaurantes turcos, armenios, indios, africanos, cuya clientela es sobre todo una fauna urbana que de turística tiene bien poco y que obliga a reflexionar sobre esaciudad moderna, basada en el encuentro feraz de razas, etnias, culturas, y hace del pasaje el emblema no de la cultura del ocio, sino de la variedad de las señas de identidad.

Publicado en El Mundo, Viajes, 24/VII/1999

La novela desordenada

Gonzague Saint-Bris fue un personaje curioso, falleció en agosto pasado en un accidente de automóvil. Novela desoenada, la he empzado varias veces y otars tantas falta de ganas y de un editor ad hoc.

Lo compré e un alibrería de la calle del león semiesquina huertas que ya no existe. Un saldo, uno de aquellos días gloriosos de invienro madileño d elos ochenta cuando todo parecía psoible, las andanas, los libreros, los testos asturianos, pintores, poetas, unos días felices que deron en el más radicla de los esquinameintos. Ya nunca nos sepramos exibio Mercdes Monmany. No es cierto, ni nos saludamos siquiera. Esa es la verdad.