Una llave

IMG_0055Esta es una llave que ya no are ni cierra puerta alguna. Su puerta la derribaron, tal vez la quemasen o tal vez fuese al chirrión, como las momias de algunos de los que en aquella casa habitaron. Prefiero no saberlo. Fue la llave de mi cuarto en días de tregua, a finales de los sesenta y en los setenta. Era de un azul grisáceo ya muy viejo y grandes cuarterones en punta de diamante. «Las paredes hablan», dijo una noche el Lejía, asustado, mientras dábamos cuenta de una vieja botella de Ron Negrita, y es que aquellas paredes, en las que las sucesivas capas de cal, blancas y azules, dibujaban mapas, tenían mucho que contar. Bastaba quedarse a la escucha, de noche, cuando la casa en lugar de callar se hacía tumultuosa. Algunos muebles tenían cajones secretos. Algunos muebles encerraban a buen recaudo papeles secretos que se fueron al fuego. La memoria era sagrada decían para ocultar sus fechorías o sus vergüenzas. Marsella quedaba muy lejos, los militares del 36, de regreso del frente de Asturias también, las tropas de Villa en el Norte mucho más… Aquel había sido «el cuarto de los tesoros», del frío, del perfume del palo santo y del misterio de los objetos que olían a saqueo y botín de guerra. Mahler y la canción de la tierra, Maqroll, el gaviero, El conde don Julián y Paradiso, Vivaldi y los conciertos para mandolina, la vida por delante… Cierro, guardo la llave, para otro día.

 

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Las tardes muertas

IMG_0053Lleva cuarenta años en casa. No sé de dónde habría salido antes de ir a parar al fenomenal batiburrillo de un chamarilero de la ciudad vieja donde la compré un anochecer más desangelado que otros, pero no mucho más. Me veo en aquella época ejerciendo una profesión para la que dudo mucho que sirviera, merodeando por la ciudad vieja, tomando café de atardecida con dos chamarileros en un bar que era de carlistas profesionales y hoy es de marginales alcoholizados, escuchando historias inverosímiles de  paracaidistas de la guerra de Ifni, de ruinas y de arruinadores profesionales que lo mismo estaban en el patio de Carbanchel que en las  salas de un arzobispado compraventeando con obras de arte o esquilmando herencias. Y todo para contar que me encontraba por completo perdido y que esos objetos y otros que malvendí pero que recuerdo y pongo a la venta en un comercio imaginario, me devuelve a aquella época turbia, turbulenta, de extravío personal. Leía a Nabokov y a Mac Orlan, a Cunqueiro y a Álvarez (José María), a    Stevenson y a Proust, a Gil de Biedma y a Ferrater… Pasó por allí Francisco Brines, leyó mis primeros versos y me dijo: «Sal de ti mismo, sal de Pamplona». Le hice un caso relativo. Hice lo que puede, sonámbulo, a trancas y barrancas siempre, hasta ahora mismo me temo. Las cosas me acompañaron durante años hasta que ha llegado el momento de mirarlas con incredulidad como raros espejos.

Manolo Gulliver

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Un librero de la Cuesta de Moyano no, mi librero, viejo amigo de hace treinta y muchos años, de cuando apenas tenía yo tres libros en el bolsillo y su librería de la calle del León 32 –Gulliver– era lugar de cita obligada en cada viaje a Madrid, antes o después de meternos en algún tabernón a delirar de libros, de autores, de pintores, de mitología literaria de vida en general y en particular, de gente que pasó y se fue para siempre a donde no se regresa; por fortuna, otra ahí sigue, a sus cosas. Es mucho lo hecho y lo vivido… Y hoy todavía nos juntamos en parecidos tabernones y hablamos y hablamos de lo mismo… [Para un capítulo de «la novela desordenada»]

M. I. Colegio de Abogados de Pamplona

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Imagino que es el troquel del primitivo sello de impresión del M. I. Colegio de Abogados de Pamplona, con la imagen de su patrona, María Inmaculada, grabada por José Yturralde. Es del año 1818, el mismo que las Cortes del Reino de Navarra aprobaron su constitución y primeros reglamentos. Lo encontré de manera rocambolesca en el mes de noviembre o diciembre de 1973, en los sótanos de un edificio en cuyos bajos se estaba reformando un concesionario de Michelin –recuerdo la ferocidad con la que destrozaron el friso de muñecos danzantes- para la sucursal de un banco que dirigió con provecho propio un bancario rencoroso y maleante que se hizo rico con el manejo de dinero negro y los préstamos usurarios: ese mundo de las trastiendas de la banca que apenas conocemos. Así las cosas, en el derribo de los sótanos aparecieron cosas abandonadas. Que recuerde,  encontré material de encuadernación, galones americanos de bebida, unos paisajitos  del XIX muy estropeados por la humedad y unos cuantos libros antiguos del Arma de Caballería e Instrucción de Equitación, que se quedó por la brava el gerente de la empresa de construcción para la que yo trabajaba, un chuleta de caricatura, experto en cobrar comisiones bajo manga a los gremios. Encontré ese troquel metido en una caja de madera tan podrida por el agua que inundaba los sótanos, que se me deshizo entre los dedos.  Para mí es un «tirador de la memoria» de aquella época para mi incierta  y no del colegio profesional en el que me inscribí unos cuantos meses después,  previa visita al Decano (Ordenanza 15ª de la Ley de 1818) que con el colmillo retorcido me hizo unos comentarios de falso sarcasmo sobre mi familia de una descortesía asombrosa.   Comecé a ejercer en septiembre de 1975, previo paso por un taller de restauración de obras de arte dirigido por un majareta, tal y como figura en Las pirañas. Lo que vino a continuación de mi jura como abogado y ejercicio profesional no sé si olvidarlo o dejarlo crecer… Un día colgué la toga que no debería haber vestido nunca y se acabó la función.

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Al preceptivo festejo cuchipandesco-religioso de la ley 1ª, solo asistí una vez, no a la iglesia, sino al banquete. Para entonces ya estaba liquidando los pleitos que me quedaban en apelación. Fue un día muy largo de muchos tragos, falsas amistades y más falsos compadreos, abrazos de judas y besos como navajazos, felices ochenta, ay,  tan farloperos ellos… Las pirañas de nuevo.

El muelle de las brumas

IMG_0051.JPGEl fotograma lo compré en enero de 1989, en el pasaje Jouffroy, de París, en una librería especializada en cine que había frente a las escaleras del Museo Grevin. Desde entonces lo he tenido frente a mi mesa de trabajo y ahora está en el anaquel de los libros de Pierre Mac Orlan. El muelle de las brumas es una de mis películas favoritas, no ya de las de Marcel Carné, lo mismo que la novela homónima lo es de entre las novelas de Mac Orlan. El guión es de Prévert y su fidelidad a la novela es dudosa, tanto que cuando Mac Orlan protestó de que una de sus escenas no estaba en su novela Carné le espetó: «Pero, Pierre, si esa es la única que es tuya».  Poco importa, cada cual por su lado son grandes, expresión de una sentimentalidad ya desaparecida por completo, un elogio de la fatalidad y de las vidas irredimibles, por la suerte, la mala, por el destino hecho trizas. Para mí, casi el mayor protagonista de la novela/película es la niebla, la niebla que daña la cabeza del pintor suicida –Le Vigan…–, la que parece un refugio hasta que se disipa, la que es una amenaza y una poderosa droga de la nostalgia.

Viaje alrededor de mi cuarto

Mejor título que contenido, y muy alabado el autor por los neo-cons españoles más reaccionarios. Le gustaba mucho a Alberto Clavería, el Astrónomo, amigo entrañable desde la infancia, desde los lejanos veranos de San Sebastián,  y la barca que alquilamos en el puerto y que de pocas nos hunden, a sirenazos, el pavor, la vía del Topo, sus enramadas  y las monedas en los rieles,  las exploraciones por los desmontes de Amara, las calles de la ciudad vieja… Los libros vinieron más tarde, cuando su familia se trasladó a vivir a Pamplona, y luego él desapareció y se fue a Barcelona, pero volvió para hacer el servicio militar y le dejé mi casa unos meses de verano. Se había convertido en un extraño erudito. Luego vinieron las andadas de la ciudad vieja, sus viajes y las colecciones de picaportes y las visitas a su casa de Barcelona, mi primera y única colaboración en Camp de l’arpa, sobe Patrick Modiano, que él propició, la edición de Pórtico de la fuga con aquel desvergonzado de Víctor Pozanco, la revista Pasajes, de cuyo número dedicado a Perucho se encargó, la edición de Las pirañas… Su fallecimiento en Barcelona, el 3 de diciemebre de 2012,  me dejó anonadado. Ni siquiera pude ir a su entierro porque aquel día y aquella hora, debía acudir a una citación judicial  de un asunto feo. Años turbios los míos, que no parecen tener fin. En busca de una tregua escribo la crónica de este viaje de las cosas, los libros y la memoria.